Lo he explicado unas mil veces y quizás lo explique otras mil.
Corría el año 96 , un día de Navidad y yo contaba con 20 años. Me fui sólo al antiguo Teatre de l’Eixample de Barcelona, hoy llamado Guasch. La obra tenía un título enigmático : “Orgullosamente humilde”, el reclamo era Ángel Pavlovsky, un mito de nuestro Paral.lel underground y que me causó una atracción especial tras el homenaje televisivo que le hizo el mestre Puyal en aquel programa que daba tombs per la vida.
La obra fue para mí una revelación. Era el teatro más puro y duro, más humorísitico y más inteligente que hasta la fecha había visto. A aquella noche le siguieron otras dos. Conservo unas bonitas cajas de cerillas que el autor había firmado una a una y el programa de mano, una auténtica declaración de intenciones : “Amo el teatro porque amo las emociones”.
Lo he seguido siempre que he podido, le he enviado notas de afecto, hemos hablado si bien su memoria es frágil. Una paralisis facial estuvo a punto ne noquearlo, las drogas, la noche, las dificultades emocionales (ha vivido en comuna, ha tenido intentos de hacer familia, con mujeres, con hombres). Las dificultades economicas (hay meses que bien y otros muy difíciles., dijo) le pasaron un día factura.
Un personaje entrañable que sabe como tocar la fibra en el escenario, en ocasiones agresivo con su público pero siempre tierno. Sin duda, soy una excepción en la sala cada vez que voy pues Ángel tiene un público que arrastra desde su época caberetera de los sesenta.
Pavlovsky representa esa Barcelona cabaretera, putera y descarada. Entrañable, el “walk on the wilde side” catalán. Ya no volverá toda aquella Barcelona hoy más moderna, más guiri, más vomitiva, menos auténtica.
Pero Ángel vuelve , quizás en uno de sus últimos espectáculos. AngelHada se puede ver en la renovada Arteria del Paral.lel unos días determinados.Intentaremos ir.
Curidosidad : antagónicos, distantes y desconocidos, dos de mis personajes favoritos se dan cita en Bilbao como miembros de un jurado : Kirmen Uribe y Ángel.
En cualquier rincón de un teatro,
hay un atisbo de vida.
Amo el teatro, porque amo las
emociones; y porque sé que las
emociones son los grandes mentores
de nuestra vida, y a ellas obedecemos
sin saberlo.
En mi caso particular, el tiempo y la
obstinación hicieron que aprendiera
a vivir con cierta facilidad la vida de
mi personaje, y con mucha dificultad
la mía propia.
Y así voy andando, sigo andando.
¿Hacia dónde? Hacia todas las manos
Del público aprendí que lo que me
podía parecer más sutil e inaccesible
en el espectáculo, puede ser tan
sensiblemente recibido, como para
devolverme mucho más de lo que yo
he puesto.
Y el teatro me ha enseñado, que si se
siente afecto y ternura por el material
con que se trabaja -y el material con
que trabajamos los actores, son los
sentimientos humanos- ese afecto y
esa ternura, siempre se traslucirán.
Tal vez sea ese el misterio que hace
que en cada función nuestras manos
se encuentren
Ángel Pavlovsky (Orgullosamente Humilde, 1996)
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